El Quijote/ Cervantes / Secuelas Cervantinas / Traducción

Fue todo natural. En las Escuelas de El Cid, anejas a la de Magisterio, el maestro, don Elpidio, que también nos enseñó el arte de encuadernar, nos tomaba la lección de lectura en un libro que contenía fragmentos del Quijote. No fue extraño, pues, que el primer libro que yo quisiese comparar con el dinero de las propinas ganadas como monaguillo de la Maternidad de León a las órdenes de mi tío el cura, fuera la edición infantil de ese libro. Estaba llena de grabaditos y glosarios, con las láminas famosas de Gustavo Doré, que me fascinaban. Lo había publicado la editorial Edelvives. Acabé perdiéndolo, pero me acabó apareciendo un ejemplar en el Rastro, y lo compré. Tenía entonces ocho o nueve años. Lo leí de veras, claro, sólo algunos años después. En la universidad. Todavía mal leído, como la mayor parte de lo que se suele leer en la universidad. Descubrí igualmente a finales de los años sesenta o primeros setenta, en unos libros de quiosco, la Aproximación al Quijote, de Martín de Riquer: un mundo nuevo, el de los estudios cervantistas, entre los que he admirado siempre a Rodríguez Marín, Astrana y el propio Riquer, y, naturalmente, Unamuno, Azaña y Azorín.

Desde entonces el Quijote se convirtió en un libro más que de cabecera, que también, de faltriquera, en una edición manejable, sin notas, que me acompañaba en todos los viajes, por cortos que fueran. Fascinado tanto por la grandeza de sus personajes como por lo inconmensurable de su idioma, tan sabroso, vivo y real.

Fue también natural que aceptara el encargo de escribir una biografía de Cervantes. Algo que he de agradecerle a Javier Marías, que había aceptado el proyecto un año antes y acabó desechándolo por venirle a contramano. Me zambullí durante un par de años en las obras de Cervantes y en cuantos estudios y biografías de él llegaron a mis manos, y de aquel tiempo, el más feliz que recuerdo, salió Las vidas de Miguel de Cervantes.

No sé cómo surgió la idea de dar continuidad al Quijote, pero fue también natural, sin duda movido por el deseo de prolongar las peripecias de quienes me habían acompañado tantos años, y así surgió Al morir don Quijote, que relata las de quienes sobrevivieron a Alonso Quijano.

Solo después, oyendo el testimonio de muchos de los lectores de esa novela mía, se me ocurrió la idea, por lo demás descabellada y quijotesca. No pocos lectores reconocían con tristeza y frustración la extrema dificultad que suponía para ellos leer la novela de Cervantes, interrumpidos por constantes y fatigosas notas a pie de página que convertían la lectura en un suplicio. Fue así como decidí que los hispanohablantes pudieran leer el Quijote como venían haciéndolo desde hacía siglos los ingleses, franceses o chinos. Dediqué las tardes de catorce años a esa tarea, de a poquito y con la misma exigencia y seriedad que cualquier otro traductor. El prólogo que le puso Mario Vargas Llosa fue, sobre brillante y generoso, providencial. Son ya, a día de hoy, cientos de miles los lectores los que al fin han podido leer ese libro maravilloso y comprender su justa fama.

Se cerró este ciclo cervantino mío con la publicación de la segunda parte de Al morir don Quijote. Se tituló El final de Sancho Panza y otras suertes, y se relata ahí el acabamiento de sus protagonistas. Trabajando ya para el Rey, Cervantes había querido pasar a América en pos de la fortuna, pero se le negó. Mi novela quiso darles a sus personajes la merced que no tuvo él, y por eso los mandé a Arequipa, el Perú, donde cuatro siglos después nacería Mario Vargas Llosa. Lo que son las cosas. Esas casualidades.